El slut-shaming (o “Un día en la vida de una zorra”)

Con el título no quiero decir que yo soy una zorra. O talvez sí. Talvez no importa, o no debería de importar. Les cuento porqué no importa si me (o te, o nos) dicen zorra o mojigata o cualquiera de las mil palabras que tenemos para definir el grado o tipo de expresión sexual. Esas que todos conocemos.

Primero, les definiré el término slut-shaming – para el cual no hay traducción al español, lo cual es en sí interesante y bien diciente. Slut-shaming es un verbo creado (relativamente reciente, y es usado sobretodo en discusiones acerca de justicia social y sexismo) para describir la acción de atacar o avergonzar a una mujer en base a su expresión o actividad sexual: en base a cómo se viste, qué tan directos son sus avances cuando coquetea, “qué tipo de gente” frecuenta, qué tan tarde en la noche sale, qué tan frecuentemente/con qué tanta gente/cómo tiene/dónde tiene relaciones sexuales, qué tanto toma o fuma, cómo/qué se expresa acerca de temas sexuales, etc.

Todos lo hemos visto, lo hemos oído, hemos sido partícipes. TODOS nos hemos referido a alguien como una zorra, una puta, una fácil, una mujer de “moral flexible”, mujer de “útero alegre” (me da risa y pena éste término), etc. Todos hemos dicho cosas como “ay ya viste a ______, ¿qué no ve la imagen que da?”, “de una vez que cobre, ¿no?”, “..y luego se queja de que no tiene novio”. Tenemos tantos chistes, frases, eufemismos, que deberíamos de enterrarnos la cabeza en una maceta de la vergüenza. A mí me avergüenza al menos, muchísimo.

Pero bueno, a lo que iba. El que alguien pensara que soy una fácil o no, que soy una mojigata o no, me dejó de importar cuando me di cuenta que no importaba lo que hiciera, alguien iba a decir algo, lo que sea.

Primero, todos nos sentimos con derecho de criticar y vigilar la expresión sexual de todos, más aún de mujeres. ¿Por qué? Porque desde que somos pequeños, nuestra familia nos vigila constantemente, nos dice qué ropa no usar, qué no tomar, qué no hacer, qué no decir. Absorbemos esos juicios que pueden emitir sobre nosotros y como respuesta los utilizamos con otras personas, para colocarnos a nosotras mismas en el punto neutro – desde un aspecto psicológico, es totalmente lógico, como mecanismo para preservar el autoestima nos colocamos en el cero de la escala. Y pues siempre va a haber alguien más “zorra” que nosotras, siempre va a haber alguien más “mojigata” que nosotras. Y es por eso mismo que siempre vamos a ser una de dos en la mente y juicios de alguien más. Todas somos zorras. Para alguien.

Siempre va a haber alguien que nos considere demasiado “algo”. Alguien que considere nuestra falda demasiado corta, nuestros hábitos de fiesta demasiado locos, nuestra elección de compañía demasiado riesgosa, nuestro lenguaje demasiado vulgar. O al revés, nuestras elecciones demasiado cautelosas, nuestra falda demasiado conservadora, nuestros “No”s demasiado claros para los avances de alguien más.

Y en mujeres, esta constante vigilancia, esta constante paranoia de no ser juzgada como la “mala mujer” nos hace ejercer esa misma vigilancia y control social en forma de slut-shaming. Lo hacemos sin darnos cuenta que educándonos entre nosotras, cambiando nuestro lenguaje todas juntas, podemos dejarnos de criticar, entre todas. Tenemos ese poder, pues ser “zorra” es un constructo social para el cual no hay términos absolutos, solamente relativos a alguien más, y están en el lenguaje que usamos para referirnos a alguien cuya sexualidad es más abierta que la nuestra. Es como cuando manejas el auto: todo el que maneja más rápido que tú es un imprudente suicida, todo el que maneja más lento es un idiota lento que bien podría estar caminando. La diferencia es que en la sexualidad, hay diferencias, pero siempre y cuando sea consensuado, no hay formas “buenas” o “malas” de manejar.

El slut-shaming, como he mencionado brevemente en entradas anteriores, viene de una ideología sexista de controlar y vigilar nuestra sexualidad. ¿Por qué sexista? Porque se usan criterios completamente distintos para juzgar la expresión sexual de un hombre y de una mujer. El hombre que pierde la virginidad antes que otros es un héroe, la mujer que pierde la virginidad primero es o una fácil o una promiscua. El hombre que tiene sexo con más de una chica en un espacio corto de tiempo es un campeón, la mujer que hace lo mismo es una zorra. El hombre que habla de sexo es… un hombre, la mujer que hace lo mismo es una vulgar. El hombre que quiere algo casual es un hombre que “sí sabe”, una mujer que sólo quiere algo casual es una perra y una promiscua.

Por otro lado, el hombre que dice “no” de manera asertiva (no un “perdón, tengo novio”) es un hombre que sabe lo que quiere, la mujer que dice “no” de manera asertiva es una grosera o mojigata. Y si bien existen varios controles que avergüenzan al hombre que prefiere algo formal que algo casual, que no quiere sexo, que no le gusta el porno, etc., no son comparables en frecuencia o magnitud.

El slut-shaming, igualmente, es una forma en la que se nos mantiene “en línea”, por miedo a ser llamadas malas mujeres. Porque nos enseñan que nadie quiere a una mala mujer, que nadie la respeta. Y cuidado con esto último, pues esa frase que dice que “una dama se hace respetar” viene con muchas advertencias. Viene con una lista de instrucciones de vestimenta, comportamiento, vocabulario, compañía, horarios apropiados, en primera. Pero también viene con la idea ofensivísima y peligrosísima de que la mujer es la responsable de hacer todas esas cositas que vienen en el instructivo para que la respeten, pues si no las hace, no es digna de ese respeto. Porque si no lo hace, el hombre no tiene porque respetarla. ¿Qué se entiende por respetarla? No acosarla verbal o físicamente si ella no está de acuerdo, no abusar de estados de ebriedad u otro tipo de intoxicación, no hacer bromas y comentarios ofensivos, no tocarla si ella no lo pide, NO FORZARLA A HACER ALGO QUE ELLA NO QUIERE. Eso es lo que nos espera si llevamos la frasesita de “darse a respetar” a sus últimas consecuencias.

Esto me lleva, con toda confianza en lo que digo, a decir que el slut-shaming es una advertencia bien fuerte y clara: si una persona te considera una zorra, varias personas lo pueden hacer, y no te van a respetar en distintas maneras (burlas, acoso verbal, aislamiento social, acoso virtual, difamación), y alguna de esas personas que no te considera digna de respeto – porque pues eres menos humana cuando expresas algo tan pinche humano como es la sexualidad – puede violarte. Así que cuidadito con ser considerada zorra.

Y, ¿qué hacemos para que no nos consideren zorras? Encontrar a alguien cuya sexualidad sea “más criticable” según nosotras y nuestro círculo, encontrar alguien más a quién perderle respeto. Es lo que hacemos, pasarnos la bolita etiquetada “zorra” a alguien más, para que la pérdida de respeto sea a alguien más. Pero es que diciéndole zorra a una mujer, le estamos diciendo a un hombre “está mejor no respetarla (acosarla, ofenderla.. violarla) a ella que a mí. Si vas a violar a alguien – porque eso hacen los hombres, obvio (inserten sarcasmo aquí), pero de eso hablaré luego – ella se lo merece más que yo.”

 

En vez de promover, todas juntas, más respeto a nuestras decisiones y nuestros cuerpos, DE TODAS NOSOTRAS. El poder de decisión es algo que subestimamos, chicas, en serio. El mismo poder de decidir qué falda ponernos sin tener que considerar por qué construcciones vamos a caminar o quién va a pensar que somos fáciles es el poder de decidir que peleamos en las cortes para casarnos con quien queramos sin importar el sexo de la otra persona, es el poder de decidir si tenemos a un bebé o no (de forma higiénica y legal), es el poder de decidir si tenemos sexo o no y que se respete cuando decimos “NO”. Cuando no respetamos una decisión, estamos promoviendo que no se respete ninguna. Y si luchamos por una, tenemos que luchar por todas.

Y eso empieza dejándonos de decir zorras las unas a las otras. Empieza con dejar de juzgar desde nuestro “cero en la escala”, desde nuestra supuesta neutralidad. Diría que nadie es perfecto, pero en cuanto a sexualidad y cuerpo y espíritu, creo que todos los somos. Nuestra forma de expresar nuestra sexualidad, siempre y cuando sea consensuada, ES PERFECTA.

Hay muchas fuerzas y muchas cosas en el mundo que nos van a joder igual, que no seamos nosotras mismas las que lo hacemos, ¿no creen?

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San Andrés, el que llega cada mes (¿a quién se le ocurrió este ridículo eufemismo?)

Últimamente he tenido toda clase de conversaciones curiosas acerca de la menstruación. Y para los manes que dicen “Mejor me salto esta entrada”, les digo: es para ustedes principalmente. Ya sabrán si rompen mi corazón bloguero.

Tenemos, hombres y mujeres, muchísimas ideas de lo más locas (o desinformadas, o francamente ridículas) acerca de la menstruación. Muchas nos son heredadas de nuestros padres, otras de sutilezas en libros de texto en la escuela, otras de nuestras experiencias o, pues, ‘de oídas’.

De mi hermosa y decentemente liberal madre aprendí que uno debe ocultar cualquier evidencia de que está uno ‘en sus días’ (¿qué clase de expresión es esta? ¿qué no todos los días del mes son míos, o es que esos días son días sucios en que dejo de ser para el mundo y mejor debería recluirme?), debe uno bañarse más porque está uno ‘sucia’, debe uno no moverse mucho porque si hay un accidente es el San Seacabó para nuestra feminidad. De mi padre aprendí que a los hombres no les gusta que les hablemos de eso – y me pregunto, ¿qué ellos dejan de hablar de algo si les decimos que no nos gusta? ¡JÁ! qué buenos chistes cuento yo -, aprendí que si acaso nos oyen van a fingir que no oyeron nada para ‘ayudarnos’ (chicas, ¿qué haríamos sin ellos?) a preservar nuestra dignidad, nuestra feminidad (ush, ush, ando leyendo mucho esta palabra con respecto al periodo..). Y pienso, ¿qué es más femenino que un ciclo que nos conecta con la luna, que como toda función lleva a la homeostásis, que renueva nuestro cuerpo para la posibilidad de dar vida a otro ser humano?

De mis libros de texto aprendí que la menstruación es un desecho, un desperdicio, el proceso de un cuerpo desanimado porque no lo fertilizaste – ¡por andar persiguiendo ridiculeces como una profesión, independencia económica, viajes, una vida social u otras cosas de hombres! Favor de notar como bajo el mismo lente, y en materia de números (un óvulo vs. millones de espermatozoides), la masturbación, sexo oral y sexo anal de parte de los hombres es EL DESPERDICIO MÁS CATASTRÓFICO. Pero pues no es lo mismo, niñas. ¿Por qué? Porque Papá Dios es macho, no hembra. Ahora a callar y hacer bebés.

De los medios aprendí que la sangre del periodo menstrual es algo sucio (¿por qué más usarían agüita azul en vez de roja en los comerciales de toallas femeninas?), que entre mejor lo ocultes mejor, que es algo que uno aprende a odiar desde pequeña, que es muestra biológica de nuestra debilidad. Que hay que estar al tanto de lo ‘último’ (sí, claro, cof cof copa menstrual cof cof) porque esos días son un infierno mejor pasado con miles de productos para mejorar la invisibilidad, el olor, las hormonas, y todo lo que nuestro cuerpo HACE NATURALMENTE Y SU BENDITA RAZÓN TIENE.

Además, me parece ridículo estarle aventando mi dinero a unos taradetes dueños de compañías transnacionales por productos que después tengo que esconder a toda costa de ellos porque no los quieren ver, porque ‘guácatelas’. Pam-pli-nas, les digo.

También me he preguntado en estas conversaciones recientes, en serio, ¿qué coños tiene de sucio?

¿Que es sangre? Ok, puede no agradarnos la sangre, pero cuando nos cortamos el brazo o la rodilla no corremos a taparnos para que nadie vea tal aberración.

¿Que es líquido? Se me ocurren fluídos igual de desagradables que ciertos seres humanos hasta pseudo-exigen que traguemos. ¿Muy directa? UPS.

¿Que huele ‘desagradable’? [Ver pregunta previa]. Y huele a hierro. Supérenlo.

¿Que sale de ‘allá abajo’? 1. Nosotros también salimos de ahí. 2. Si les dan miedo las vaginas, tienen problemas más grandes en la vida. 3. Al menos son diferentes ductos, ¿saben? [Ver preguntas previas]

También hablábamos de la menstruación como tema de conversación. No es que adore hablar de mi periodo, pero odio – y no soy la única – que no se ‘deba’ hablar de él. Sólo digo esto: es algo que le sucede a la mitad de la población, es MÁS QUE NORMAL que se hable de ello. Y aquí sí que hablo de cualquier cosa desde sexualidad, hasta menstruación, hasta cosas que le ocurren a los hombres que quizá yo no he oído mucho precisamente por los gigantes estigmas alrededor del cuerpo.

Estas ideas tontísimas de la menstruación son más justificaciones sexistas para controlar y administrar el cuerpo femenino, para estigmatizarlo, para dominarlo. Como todo proceso, función, parte, del cuerpo humano, no es algo inapropiado, ni sucio, ni horrible. No es un desastre natural: es un ciclo que necesitamos. Me he dado cuenta que cuando dejas de ir contra-corriente – pun intended – y aceptas tus cambios hormonales, tu ciclo, y tu cuerpo, deja de molestarte. Es desde un recordatorio de que estás sana, de que tienes el hermoso potencial de dar vida (y en ocasiones una pequeña celebración de que ese día no-deseado no ha llegado) y de que eres jóven, hasta un ritmo que si lo sigues en vez de resistirlo, puedes hasta aprender de él y de tí misma en el proceso.

 

Aquí les paso algunas cosas chéveres para dejar de tenerle miedito y empezar a conocernos – chavos y chavas – mejor.

Breve Historia del Activismo Menstrual

CirculoIniciativo: LaMujerqueSoy | Caminando el Misterio de la Conciencia en su manifestación Femenina

Conozca los beneficios de tener sexo durante el periodo menstrual | LaRepublica.pe

Podando dilemas

Hasta hoy, escribiendo esta entrada acerca del pelo – y creo que solo hablaré de una pequeña parte hoy -, no había pensado mucho en el tema. Ahora voy descubriendo que tengo muchas opiniones acerca del cabello. Muchísimas.

Empecé pensando en la guerra feminista contra la depilación. Luego pensé en los argumentos A FAVOR de depilarse, que usualmente son ya sea de higiene o de estética. Me leí unas cuantas cosillas acerca de la historia del vello (en especial en nuestro Jardín del Edén *dice riendo como niña boba*) y su trato en términos culturales y médicos también.

Para empezar, un poquitín de trivia:

– Basándose en la pintura y las artes, se ha hipotetizado que en el antiguo Egipto, la manipulación del vello en mujeres era común, y era signo de estatus. Una cosa similar ocurría en la antigua Grecia, en este caso para hombres y mujeres por igual.

– En la Edad Media, la depilación del vello púbico era utilizado para evitar piojos en el área.

– En Japón fue ilegal hasta los 90’s que se viera el vello púbico femenino en ninguna forma de arte.

– Se puede encontrar el término en inglés “manscaping” en el Oxford English Dictionary.

Já! En fin.

El argumento de la estética puede ser resumido así: está asociado con ser cuidadoso con la apariencia, con que se considera sexy, con que se ve “limpio” (cuando el vello es la forma natural del cuerpo de mantener limpia el área, irónicamente). La moda en la pornografía a partir de los 80s y 90s de mostrar menos y menos vello ha sido sugerida como posible causa de la resurgente obsesión popular, así como el capitalismo (¿muy vaga? Pues la industria de belleza que se agandalla tu dinero gastado en cremas, lociones, mil productos de depilación, más cremas, duchas vaginales que realmente ni sirven y te dan infecciones vaginales. Todo eso.). También se ha sugerido, y tiene sentido, que el área cada vez más reducida que cubren tanto trajes de baño como ropa interior coincide cronológicamente con modas en depilación del área. Otra teoría algo escabrosa y perturbante es que la obsesión con la juventud y la sexualización de niñas cada vez más jóvenes: entre menos pelo haya, más se ve uno como una niña pequeña. Pero esta teoría está de lo más desagradable, así que pretenderé que nunca leí eso.

Aunque claramente la presión hacia la mujer en cuanto a cabello es más grande, la presión hacia el hombre también ha incrementado en últimas décadas (más gente comprando productos=más capital=hombres gordos felices con los numeritos en Wall Street).

Podría hablar de estética por siempre. De lo que la estética popularmente aceptada dice de la mujer – que tiene que siempre verse “bien” para el hombre, que nunca es suficiente lo que hace para ello, que tienen que verse “puras” (en el Renacimiento las trabajadoras sexuales se depilaban la zona púbica para mostrar a sus clientes que no tenían infecciones), que los olores naturales son no-femeninos, etc. De lo que dice del hombre: que rasurar la cara está bien porque te consigue un trabajo (e independencia financiera y control), y ahora con las modas cambiantes, otros tipos de depilación están bien porque te consiguen pareja (lo cual tiene sentido cultural y evolutivo). Pero eso ya lo hemos visto antes. Sólo diré que es otra manera en que la sociedad vigila, controla y administra nuestros cuerpos, y eso no me agrada en absoluto. También puedo decir que, estéticamente, no encuentro ningun problema con el pelo en ninguna parte. Para mí, “sexy” está en lo que comunicas con tu cuerpo y cómo te sientes al respecto.

Y lo que Amanda comunica es RAWR.

Y lo que Amanda comunica es  “rawr!”

El argumento de la higiene es básicamente no existente. Primero que nada, hay más evidencia de efectos negativos y posibles infecciones asociadas con depilar el vello púbico, como dermatitis, irritación, infecciones vaginales. No hay mucho que la ciencia diga o haya dicho acerca del vello púbico. Así que la estética gana.

Y el feminismo me viene a la cabeza.

No voy a colocar esta entrada a nivel personal, pues porque es mi asunto. Lo que sí es que voy a compartirles cosas que he leído, escuchado y visto informal y formalmente. Para muchas mujeres – en especial en círculos feministas – el vello es un asunto político, un espacio político: su cuerpo es su protesta. Para otras mujeres y la mayoría de los hombres, la depilación tiene varios posibles motivos:  “Lo hago cuando no me da flojera”, “Lo he hecho desde pequeñ@”, “Lo hago sólo cuando tengo pareja sexual”, “Sólo en el verano”, “Lo hago si la pareja lo hace”, “Lo hago cuando estoy de humor”, “Me parece desagradable dejármelo”, “Lo hago porque a mi pareja le gusta”. Leí una entrada de blog en la que la chava, tras depilarse por primera vez, se autodescubrió y al verse realmente, se sintió más cercana a su propio cuerpo; desde ese momento no dejó de depilarse.

Una buena amiga me dijo recientemente, platicando del tema, que para ella el asunto era extremadamente político, y que odiaba cuando un hombre daba por hecho que tenía que estar depilada o lo exigía. Al mismo tiempo, me dijo que ella sabía que a ella le gustaba que le dieran sexo oral y sabía que era más fácil y agradable si estaba rasurada, y que su pareja se veía más feliz haciéndolo así, así que se rasura. Me lo dijo tan simple como esto: la política no se iba a atravesar en su camino hacia muchos orgasmos. Me pareció graciosísimo, y un buen lema de vida, ni siquiera sólo hablando de cabello.

Este tema es uno grande para el feminismo, y con buena razón. Es una de las muchas exigencias que tenemos como mujeres y que no tienen sentido. Igulamente, es una de las muchas áreas que no nos permiten estar en buenos términos con nuestro propio cuerpo y nuestra propia humanidad; es otra condición para nuestro amor propio.

blasfemiaaaaaaaa

blasfemiaaaaaaaa

Los conceptos de belleza son constructos sociales y están siempre situados históricamente, pero esto no los hace menos reales en los efectos que tienen. El hecho que la mujer sin depilar, sin implantes, sin maquillaje sea un fetiche en la pornografía mientras que la mujer depilada, con asoleado artificial, con implantes y con mucho maquillaje sea la norma me parece aterrorizante.

En un mundo ideal, a mi parecer, a nadie le importaría mucho el cabello – que si el de la cabeza lo tienes corto eres lesbiana, que si en las axilas eres sucia, que si en las piernas eres machorra, que si en el pubis te vas a quedar sola – y ocuparía la gente más de su tiempo en cosas que sí vale la pena pensar: pobreza, violencia, vida sustentable, hambruna. Incluso en hacernos mutuamente felices mediante pequeños actos de generosidad. Puedo pensar en mil cosas más importantes que Gilette no resuelve, desafortunadamente.

 

Los enlaces en esta entrada son en inglés. Si encuentro datos y artículos en español, los estaré compartiendo lueguito.

– The Feminist Hair Dilemma

– Shaving, ‘Virgin’ waxing and porn

– Mi favorito: una crítica feminista al argumento feminista de no rasurarse/depilarse. Interesantísimo.

– The war on pubic hair: la guerra de recientes décadas

– The Last Triangle: Sex, Money and the Politics of Pubic Hair

 

Y si quieren leer más al respecto, cito los artículos en los que me baso para esta entrada:

Herzig, R. (2009). The Political Economy of Choice: Genital Modification and the Global Cosmetic Services Industry. Australian Feminist Studies,24(60), 251-263. doi:10.1080/08164640902887452

Ramsey, S., Sweeney, C., Fraser, M., & Oades, G. (2009). Pubic Hair and Sexuality: A Review. Journal Of Sexual Medicine6(8), 2102-2110. doi:10.1111/j.1743-6109.2009.01307.x

Tiggemann, M., & Hodgson, S. (2008). The Hairlessness Norm Extended: Reasons for and Predictors of Women’s Body Hair Removal at Different Body Sites. Sex Roles59(11/12), 889-897. doi:10.1007/s11199-008-

Trager, J. K. (2006). Pubic Hair Removal—Pearls and Pitfalls. Journal Of Pediatric & Adolescent Gynecology19(2), 117-123. doi:10.1016/j.jpag.2006.01.051

Kamchatka frente al espejo

Quiero hablar del cuerpo humano.

Últimamente he estado conectando muchos puntos, muchos instantes distintos en mi memoria: experiencias, anécdotas escuchadas, consejos, conversaciones sobreentendidas. He estado recordando distintos momentos en los que se me enseñó – directa o indirectamente – al igual que a muchos, que el cuerpo humano es algo prohibido. Y no sólo prohibido: algo sucio, algo con lo que no estar cómodo, algo que se debe ocultar, opacar, esconder. El más mínimo indicio de que existe desnudez – de que existe una mujer – debajo de toda esa ropa, algo de mi “pureza”, de mi “dignidad”, de la más íntima instancia de mi feminidad y mi persona se iba a perder. Una silueta siquiera ya es una desvergüenza.

No quiero hablar mucho de cómo el cuerpo del hombre no está tan rodeado por un aura sobreprotectora, vigilante, controladora y opresiva como el de la mujer, ni de mi trauma, por ejemplo, con que los senos sean lo mismo en hombres que en mujeres – si quitas el tamaño y la habilidad de lactar (la cual no es particularmente seductora, al menos en mi opinión) – y sin embargo la sociedad ha hecho de los senos de mujer un show, un fetiche y un motivo de control, y de los senos de hombre una irrelevancia que mostrar donde sea.

Quiero discutir más bien de cómo la vergüenza, la censura del cuerpo, la incomodidad bajo nuestra propia piel está trágicamente internalizada. Nos escondemos constantemente; cuando no lo hacemos, dejamos, al no saber qué hacer, que los demás dicten que significa lo que mostramos y lo que no. Y no es que crea yo que todos debamos andar desnudos por las calles (no porque sea indigno o inmoral, sino porque se pierde lo sexy de estar desnudos en momentos selectos), ni que estemos evolucionando de alguna manera u otra al mostrar cada vez más (especialmente las mujeres).

Lo que sí creo es que mientras le demos valor moral al cuerpo humano, seguiremos completamente atados y condenados a no conocernos en absoluto. La profundidad de un escote no dicta la calidad moral, ni intelectual, ni espiritual de una persona, una silueta desnuda que se ve en una ventana no determina ningún rasgo de personalidad ni expresa ningún aspecto de la sexualidad de nadie. De la misma manera, un tatuaje no es un indicador de intelecto o capacidad, ni el peso de una persona necesariamente dice algo de los hábitos, higiene o salud mental de esta persona. Lo sé, lo sé, estoy hablando de muchas cosas que requieren más profundización, pero en fin.

Queremos constantemente regular el cuerpo, estandarizarlo, emitir juicios morales basándonos casi exclusivamente en él. Pero somos (o deberíamos ser) nosotros los que le damos significado al cuerpo. A nuestro cuerpo solamente, y nadie tiene derecho a cambiarnos nuestras propias definiciones, límites, símbolos.

No deberíamos de tenernos tanta pena. Creo realmente que deberíamos de jugar más con nuestra propia simbología, empujar nuestros propios límites, deconstruír nuestra socialización.

Hacer una verdadera revolución: comenzar a amar nuestro cuerpo, cada parte de él, incondicionalmente (¿qué relación más duradera y más digna de cultivar que con nuestra propia piel?). Sólo así podemos usarlo al máximo, pero usarlo como nosotros queramos. No necesariamente como herramienta de poder, de dominación o de manipulación. Utilizarlo para encontrar un balance, para expresar nuestras ideas, para sentirnos mejor física y mentalmente. Para ser lo que queramos y ser los mejores que queramos.

Para tener un refugio. Pero no un refugio cualquiera, un refugio decorado, posicionado, entendido como cada uno decida. Un lugar que sea totalmente nuestro, y que si lo compartimos, sea con quien(es) queramos. Que eso también sea respetado.

Que una vez re-ocupados nuestros cuerpos, re-inventados y profundamente libres, podamos encontrar  bajo nuestra piel el Kamchatka que todos necesitamos: ese sitio decorado personalmente, esa arma de belleza que nos protege pero nos une con todas nuestras demás fortalezas y con el universo también.

RAWR :)

Nadie puede decirte que no eres el león más pinche feroz del mundo, ¿vale?

[Nota: Si no sabes de qué Kamchatka hablo, consíguete el libro pero YA]

Algunos links acerca de autoimagen, el cuerpo humano, y otros:
Autoimagen: ¿Es posible desafiar el concepto mediático de belleza?
Las mujeres y la reapropiación de su cuerpo
Cuerpo y mujer, violencia y placer: Tránsitos de Malignas Influencias
Tu cuerpo es un campo de batalla