Hoy, 8 de marzo, quiero ser mujer por un día.

Hoy, 8 de marzo, quiero ser mujer por un día.

Por Eddie Abramovich

Hoy quiero ser mujer por un día.
Estar en Darfur y saber qué se experimenta cuando mi cuerpo es botín de guerra de las tropas sudanesas.
Estar en Kosovo y saber qué se siente cuando un soldado de la ONU, bien pagado y alimentado, me exige mi cuerpo a cambio de una ración de comida para mis hijos.
Entrar a un juzgado como abogada y sentir la humillación de que un secretario me mire el culo en lugar de mirarme a los ojos.
Entrar con mi guardapolvo de médica a la cafetería de un hospital y verificar que mis colegas varones cuentan los chistes e historias más soeces cuando yo estoy presente.
Ser la hija púber de una puestera en el noroeste argentino y oír cómo el patrón le reclama a mi madre que me entregue a él esta noche. O una niña aborigen violada por chicos blancos absueltos por jueces blancos en un fallo de toda negrura.
Cumplir quince años y pedirles de regalo a mis padres unas tetas de silicona y ver cómo ellos me lo conceden sin tratar de persuadirme de lo contrario. Tratar de entender por qué todas mis amigas también parecen ser infelices, devaluadas y despreciadas mientras no consiguen sus nuevas tetas de silicona.
Cumplir alguna edad por encima de los 50 y enterarme de que mi esposo cuenta por ahí, entre risotadas, que soy una bruja gorda, y tratar de entender por qué nunca se ocupó de avisarme que me había convertido en una bruja gorda. Tratar de recordar cuándo fue la última vez que me compró algo bonito o me elogió los zapatos, o se dio cuenta de que había cambiado mi peinado. O en todo caso, la última vez que comentó conmigo un libro, una película o una noticia del diario.
Querer ir a la escuela para aprender a leer en Guinea Ecuatorial, Ghana o Burkina Faso y saber qué se siente cuando me dicen que no, que no necesito leer para atender con mis manos desnudas una labranza cada año menos provechosa.
Ir a una comisaría a denunciar un abuso sexual y saber qué se siente cuando dudan de mi palabra o me convierten en sospechosa.
Ir a otra comisaría a denunciar que mi marido o novio me molió a golpes y tratar de entender por qué me preguntan si, en realidad, no me caí por la escalera.
Quiero por un día ser una mujer bosnia, o rwandesa, o juarense(de Ciudad Juárez, recuerdan?), o tucumana, o dominicana, o guatemalteca. O una de las quince mil niñas expulsadas de las escuelas en Tanzania en sólo tres años por quedar embarazadas. O una de ese veinte por ciento admitido de mujeres de los 27 países de la Unión Europea que sufren algún tipo de violencia doméstica. O una obrera u oficinista norteamericana empleada en esa automotriz japonesa que inventó el “control total de calidad”, para experimentar cómo es esperar diez años para que mi sindicato me asista en una demanda por acoso.
Quiero tener por un día ojos de mujer para mirar desde ahí la grotesca miseria del machismo.

No puedo hacer nada de esto, claro.
A duras penas puedo imaginarlo, y es tanto el horror, tan furiosa la indignación que me provoca, que me parece que únicamente las mujeres pueden tener el coraje y el instinto para resistir todo esto y, si sobreviven, seguir adelante.
No es necesario ni útil, tampoco, que yo imagine ser mujer por un día. Las mujeres tienen, en otras mujeres igualmente valientes, voces suficientemente autorizadas. Todo esto está dicho, denunciado, recopilado, documentado, registrado. Todo esto ha sido una y otra vez reclamado a gobiernos y organismos internacionales, a las democracias, las autocracias y las teocracias.
Pensándolo bien, creo que hoy preferiría ser gallego.
Sí, gallego, porque me he enterado de que en Galicia se ha formado una organización de varones, la primera, dedicada a combatir y erradicar el machismo. Gallegos, los de los chistes de gallegos, de cejas hirsutas y acento montaraz, fueron pioneros en las agrupaciones y foros contra el machismo que luego se replicaron en toda España.
Quisiera tener por aquí cerca a un grupo de pares, de varones, que pudiéramos marchar hoy con esa pancarta que dice “no seas macho, sé hombre” que vi por televisión en unas marchas en Lugo y Santiago de Compostela.
Quisiera que, dentro de un año, el 8 de marzo, la lista de triunfos en favor de la igualdad de las mujeres sea, de una vez por todas, mucho más larga que la lista de agravios.
Hoy no seré mujer, ni siquiera por un segundo. Pero me sentiré cerca de cada mujer. Y de cada hombre que se sienta cerca de cada mujer. Muy cerca.

Yo seguiré en pie el 9 de marzo, ¿y tú?

He mencionado ya antes, en mi otro blog, y lo repito cada vez que alguien menciona el Mes de la Historia de la Mujer o el Día Internacional de la Mujer: no me gusta mucho. Diré por qué.

Veo varios problemas con estos Meses Internacionales de Minoría-Que-Ignoramos-el-Resto-del-Año. No sé exactamente cómo decirlo muy elocuentemente, así que aguántenme’ahi.

El problema, en mi opinión, no está dentro de la comunidad feminista, ni la comunidad feminista que no se dice feminista porque es una palabra “demasiado fuerte” en la cultura dominante, pero que son bajo toda definición feministas. Esta gente es la que celebra y considera profundamente el rol de la mujer todos los días, esta gente es la que no necesita realmente el Mes o el Día de la Mujer de cualquier manera. Y entiendo como reclamar y re-apropiar un mes por y para nosotr@s está chido, pero el activismo no es sólo acerca de ver a la misma gente en cada evento feminista, sino preferentemente ver más nuevas caras cada vez.

No digo que tenga yo la solución a esto. Es un gran problema para cualquier organización de cualquier tipo – como hacer creyentes a los que normalmente no lo son.

Y es que, por un mes, sí vemos una que otra nueva cara. Sin embargo, – y lo he visto una y otra vez y he hablado de esto con otras personas – como si fuera una tarea escolar el asistir durante ese mes, esas caras desaparecen por el resto del año, acaso para reaparecer al siguiente año. Por un mes, y para latinoamérica más probablemente por un día, varios toman ciertos minutos de su rutina para pensar qué tan chingonas son las mujeres y cómo sus derechos importan – y sí, a esa profundidad llega el análisis para la mayoría de la gente que conozco fuera del mundo activista – feminista – de ciencias sociales. Después de ese día o ese mes, siguen con su vida usual, con su privilegio usual intacto. [No olvidemos que parte de ese privilegio es que un hombre sale de un evento feminista y puede olvidar lo que aprendió, sin consecuencias. Una mujer no puede olvidar su historia y su lucha, jamás.] Siguen con su vida, y no es que sean malas personas, pero han sido socializados en roles sexistas, actitudes, sexistas, creencias y prácticas sexistas. Pareciera, entonces, que un día o un mes o no es suficiente, o no lo estamos haciendo suficientemente bien como para que importe y haga una diferencia.

Es como si la historia de la mujer, su lucha y sus derechos, fueran cosa de marzo solamente. Los derechos, necesidades, experiencias de la mujer son un asunto de todo el año, de toda la vida. [La historia de la gente negra sucedió y sigue sucediendo cada mes del año, no sólo febrero. Ellos llevan reclamando sus derechos y su igualdad cada día de cada año, no sólo el día de Martin Luther King.] Y nosotros – y por nosotros me refiero a todo aquel que lea este blog y encuentre algun tipo de significado en las palabras “Las mujeres, minorías raciales, gente discapacitada, no-heterosexuales, no-cisgender también son seres humanos” – necesitamos que eso quede claro. Nosotros debemos reclamar nuestro lugar en la educación formal, en las clases de historia, en museos de arte, en cada foro donde se comunica “conocimiento”. Debemos reclamar el mainstream cada día del año, no conformarnos con las caras familiares. Debemos admitir que aunque sea algo que una feminista no dice, necesitamos a los hombres si queremos verdadera igualdad. Necesitamos educarlos y necesitamos que entiendan que somos aliados, y que el sexismo los afecta muchísimo a ellos también. Necesitamos poner más atención a por qué muchas mujeres están en contra del feminismo (no solamente descartarlas como víctimas del patriarcado), cómo cambiar eso.

Yo, yo reclamo (aunque suene yo como una perra aguafiestas) cada que alguien me felicita por ser mujer el 8 de marzo.

Ser mujer (que, por cierto, ¿qué coño significa eso? ¿Tener cromosomas xx? ¿tener una vagina? ¿vestirme cómo chava? ¿tener senos? ¿identificarme cómo una “ella”? LA GENTE ASUME MUCHAS COSAS) en sí no es un logro. Nunca rendirnos en nuestra lucha por reclamar lo que es nuestro como seres humanos, tras siglos de opresión, después de tanto daño que se nos ha hecho y se nos sigue haciendo, ESO es un pinche logro.

No necesito que me felicites por no haber nacido con un pene (¿o sí? no asumas tonterías, chico cisgénero). Necesito, si realmente me quieres celebrar, que leas acerca de nuestro pasado y nuestro presente – te incluyo unos enlaces para que veas qué chida soy -, que grites “¡patrañas!” cada vez que la educación formal y los medios ignoren nuestra historia y experiencias, que evalúes tu propio privilegio masculino, que te unas a mi lucha. Necesito que estés a mi lado, en la línea de fuego, el primero de abril, y cada día que sigue.

Algunas aclaraciones y más información:

Cisgénero – Wikipedia, la enciclopedia libre

En México, el Día de la Mujer debería ser una fecha de luto: Norma Andrade

Estadísticas mundiales sobre la violencia de género

La mujer en Colombia en cifras

UNIFEM identifican retos en la igualdad de género del Cono Sur

te quiero libre